Voy al colegio General Manuel Belgrano, ubicado entre las calles Monroe y Conesa al 3000. Es un instituto enorme, tiene las paredes pintadas de un color rosado. Su puerta principal es de color blanco, y da directamente al patio principal. Este es grande y a sus costados tiene una galería, con pequeños canteros, repletos de hermosas flores primaverales, de la gama del rosa y del rojo. Las aulas son todas similares, con sus paredes pintadas de un blanco pálido o un azul Francia. Las puertas de las aulas son antiguas y de madera. Tienen vidrios que están tapados por cortinas color beige. Sus pupitres son de madera al igual que sus sillas. Están pintados de un color cremita. La mayoría están arruinados con la escritura de los alumnos del lugar, que practican arte sobre ellos. Desde el jardín de infantes asisto a esa escuela, y pase muchísimos momentos allí y el solo hecho de pensar que este es el último año me pone sentimental. Mi mejor amiga y yo nos conocemos desde los 4 años y desde ese momento nunca nos separamos. Su nombre es Marilú Paz. Tiene mi misma edad, es alta, con pelo negro azabache y unos iluminados ojos azules. Su sueño es ser modelo, y se preocupa mucho por lo físico. Siempre fuimos compañeras, y nuestras madres también son amigas. Hacemos todo juntas. Tomamos clases de baile, vamos al gimnasio juntas y son incontables las noches que pasamos en la casa de alguna de las dos.
Ahora les contaré algo sobre mi casa. Desde el día que nací vivo allí. La puerta de entrada es de madera y pintada con blanco brillante. Al entrar se puede ver el living y el comedor. Ambos están pintados de color blanco y tienen el techo construido a base de ladrillos a la vista. En el living se encuentra la televisión, hay una mesita ratona de color negro, cuadrada y con un vidrio en el centro. También hay un puff de color beige y un sillón de color cremita. Cerca de la puerta se puede distinguir la ventana, con un marco blanco y sobre los vidrios de esta, se hayan las cortinas, blancas y con detalles floreados en la gama de los rosas. Pasando ya al comedor, se distingue a lo lejos una gran mesa de forma cuadrada, de madera y pintada de negro, con un vidrio en el centro, al igual que la ya mencionada antes mesita ratona. También hay allí un pequeño sillón, recubierto con una funda beige. Y al lado de este, se encuentra una mesa rinconera de estilo francés. En la parte superior se puede ver una cubierta de mármol. Sus patas y cajones son de madera, con algunos detalles en bronce. Al lado hay una gran lámpara de color bronce de estilo antiguo. Conectado con aquel espacio, está la cocina, con unas puertas vaivén de madera. Sus paredes están pintadas con un amarillo clarito. Todos sus muebles son de madera, a excepción de la mesa y de sus sillas. La mesada está construida a base de mármol. La heladera es de color gris, con detalles en negro y blanco. Tiene luces de color rojo y verde, que indican alguna de sus funciones. El horno divide a la mesada en dos partes. Luego, saliendo de aquel ambiente, y cruzando el comedor, llegamos al lavadero. Allí hay un pequeño cuarto, que su entrada está marcada por unas puertas corredizas de madera, y al abrirlas se puede ver un par de estantes, en lo que se apoyan los artículos de limpieza. Por debajo de estos se encuentra el lavarropas, blanco y antiguo. Mi madre me contó que lo tienen desde que yo nací, y sigue funcionando excelente. Sólo le hicieron un par de arreglos. Al lado de este está la pileta, con sus bordes de granito y posados sobre esta, jabones, cepillos y algún que otro “cacharro”. A la izquierda de este se ubica una sala, en donde se encuentra el escritorio de mi padre, de madera rígida, con 5 cajones, todos con manijas de bronce, ya que es abogado y muy reconocido, si puedo presumir. También tiene una gran biblioteca repleta de libros de abogacía. Esta está formada por 5 estantes de madera pintada de negro. Subiendo la escalera, hay un gran pasillo, con un piso de cerámicas grises y paredes amarillas claras. Y es ahí cuando llegamos a mi cuarto, con una hermosa puerta de madera y un gran cartel colorido que lleva escrito sobre el: Rochi. Me lo hizo mi mejor amiga, Marilú, para un cumpleaños, si mal no lo recuerdo, para mis 15 años. Abriendo la puerta, de frente tenemos el equipo de música, apoyado sobre una estantería blanca, y sobre ella se posan un par de muñequitos. Debajo de este está el sillón, o podríamos llamarlo puff, de color rosa. Arriba de este, simulando dormir, están mis peluches de la infancia. Nunca me separo de ellos y sus nombres son Lola y Copito. Lola es una hermosa osita, con un delicado vestido rojo, detallado con blanco y flores. Y Copito, haciéndole compañía, es un oso de color blanco, al igual que Lola, y tiene una corbata roja rodeando su cuello. Al costado de estos, está mi cama, de color blanco, de madera y con un comodísimo colchón. Sus sabanas son rosas y su acolchado es de varios colores, floreado y muy lindo. Después viene la mesita de luz, combinando con la cama, tiene un par de cajones. Una lámpara se posa sobre esta, es rosa y con un hermoso detalle de unas hojas. También tengo allí arriba en un cuadro, una foto mía de chiquita y una caja de pañuelos. A su lado está el placard con un par de puertas de madera movedizas y pegadas sobre ellas fotos y póster de mis ídolos. También tengo colgada en la pared una tabla de corcho y allí guardo y cuelgo cartas y fotos de mis amigos, es una buena forma de recordarlos. Por último está mi escritorio de madera, color blanco y algunos detalles como por ejemplo de cajones o adornos en rosa. Sobre el mueble está mi notebook de color rosa y también tengo adornos o recuerdos de algún cumpleaños al cual asistí. Tengo todos los libros del colegio y una estantería repleta de películas y de literatura nacional e internacional. Siguiendo por el pasillo se encuentra el cuarto de mis padres, con sus paredes pintadas de amarrillo claro, en el cuelgan muchos cuadros de diferentes pintores, la mayoría de ellos plasman paisajes. Su cama matrimonial es clásica, es decir, de madera y con un respaldo con detallado. A ambos lados de la cama se encuentran las mesitas de luz, ambas son idénticas, de madera y con dos cajones. Justo en frente de la cama está la cómoda, también de madera, como todos los muebles en aquella habitación. Allí mis padres guardan todas sus remeras. Y por último se encuentra el placard, enorme, construido antiguamente por los bisabuelos de mi madre. Aquel paso de generación en generación. Ya casi me olvidaba de hablarle de los dos baños que hay en mi casa. Uno da directamente con el cuarto de mis padres, este es el más grande, con cerámicos en las paredes de color gris y sus pisos color negro. El inodoro, vide, lavatorio y bañadera son todos de color blanco. Cubriendo la bañadera hay cortinas blancas bordadas en la parte inferior por un estilo floreado. El vanitory es de color blanco, con un gran espejo y al costado una pequeña puerta, que abriéndola se puede observar tres estantes en donde mi madre posa sus perfumes importados. Por debajo es donde se hallan las puertas y cajones. Este se usa como un botiquín de primeros auxilios. Y ahora si, para terminar con la parte interior de mi casa, paso a presentarles al toilette, aquel solo tiene un inodoro y una pequeña pileta en donde lavarse las manos. El piso es de color negro y sus paredes de color blanco, pero con una hermosa y delicada guarda de color negro y gris. La pileta está hecha de mármol y se apoya sobre unas patas de metal. Saliendo por la puerta trasera, se puede ver el patio, un gran patio, cubierto en su mayoría por un hermoso verdor. Las paredes están tapadas de la famosa planta “Enamorada del muro”. Mi madre todos los fines de semana, se toma el trabajo de realizar la delicada tarea de plantar coloridas flores en el pasto. Allí ya lleva plantado, cinco clases de flores diferentes. Jazmines, rosas, lirios, margaritas y gerberas, por supuesto, no hace falta aclarar que la variación de sus colores es infinita. Listo, así es mi casa, y en aquel lugar me crié toda mi infancia y fui feliz. Pero no todo en mi vida es color de rosa, el problema se los contaré a continuación. Nunca me gusto estar mantenida por mis padres, por lo tanto, me decidí a buscar un trabajo y ganar mi propio dinero. Mis padres no estaban de acuerdo con esto, pero no se negaron. Además, últimamente estábamos algo ajustados con el dinero, ya que mi padre no estaba trabajando bien y mi madre se había quedado sin trabajo semanas atrás. Agarré el diario y empecé a buscar trabajo, no importaba de qué, yo solo quería colaborar con mi familia. Asistí a un par de entrevistas, y en todas recibía la típica respuesta: dejanos tu número de teléfono y te llamamos cualquier cosa. Era obvio que ese “cualquier cosa te llamamos” significaba, buscate otro trabajo, acá no servís. Semanas y semanas pasaron, hasta que por fin un día me presenté en una entrevista y me dieron el trabajo. Al enterarse cual era el trabajo se reirán, pero no me quedaba otra opción. Trabajaría en el famoso trencito de la alegría, que transporta diariamente a todos los chicos del barrio. Debo reconocer que me sentiría humillada, pero al cubrirme con un disfraz nadie se enteraría de mi verdadera identidad. Me citaron en el mismo trencito, y allí solo me preguntaron mi nombre y apellido, edad y por qué buscaba trabajo. Respondí a todas sus preguntas, y finalmente me contrataron. Allí mismo me entregaron mi disfraz, así es, mi nuevo uniforme de trabajo. De ahora en más, en mi espacio laboral, sería reconocida como: la pantera rosa. Debo admitir que nunca supe el sexo de este extraño personaje. Actuaba como hombre, pero se la llamaba la pantera. Esa es una de las dudas que tengo desde mi infancia y seguiré teniendo. Me dijeron que iniciaría a trabajar esa misma tarde, así que me acompañaron a conocer a mis compañeros. Compartiría el resto de las tardes con el hombre araña, Barney, Ben 10, Batman, Bombón, Burbuja, Bellota, Mickey, Minnie y por último con Pluto. No podrán creerlo y suena absurdo decirlo, pero sentí una gran atracción al ver a Barney, creía conocerlo de toda la vida, pero la verdad es que nunca lo había visto. Su nombre era Pablo Arrechavaleta, y fue el único que mostró su verdadero rostro. Se acercó lentamente a mí y me saludo muy educadamente. Era un joven de 18 años, morocho y con unos brillantes ojos azules. Su sonrisa enamoraba. Sus dientes eran tan blancos y cristalinos que te daban ganas de pasarte horas y horas mirándolos. Era alto, muchos centímetros más alto que yo, y así era como me gustaban los hombres. Tenia una linda personalidad, era tranquilo y simpático y por sobre todas las cosas, divertido. Se lo puede considerar muy compañero, ya que siempre podía recurrir a él si se me planteaba algún problema o inquietud. Los primeros días de trabajo fue él quien me ayudo a adaptarme.
Pensaran que me olvidé completamente del colegio, pero la verdad es que no. Asistía a la escuela todas las mañanas, luego pasaba a comer algo por mi casa y de ahí partía hacia mi trabajo. Al ser muy buena alumna mis notas por suerte no variaron y seguí siendo la misma de siempre. Mis profesores notaban que mi descanso no era el habitual y se preocuparon por mí, es más, querían y deseaban citar a mis padres al colegio, pero rogué que no lo hicieran, ya que no quería hacerles pasar un mal momentos a ellos. Marilú, mi mejor amiga, odiaba verme así, pero le expliqué mis motivos, y aunque le costo, supo entenderme. Reconozco que últimamente estaba muy alejada de todos mis amigos, por lo tanto los fines de semana los aprovechaba a más no poder para salir, y algún que otro día también salía con Poli y el resto de mis compañeros de trabajo.
Pasaron los meses, y yo seguía en mi trabajo, y reconozco que me hacia feliz. No sabía el por qué, y me sentía algo extraña. Cada día que pasaba me llevaba mejor con todos mis compañeros, y se notaba que eran buena gente. Pero con el que siempre tuve más feeling era Pablito. Nos habíamos convertido en muy buenos amigos, nos contábamos todo, problemas, alegrías, anécdotas, y demás. También me pregunto por mi familia y cómo era mi relación con ellos. Le dije que tuve que salir a trabajar por problemas económicos, sumado a esto, el hecho de querer ser alguien, y hacer lo que quisiera con mi dinero, sin estar dependiendo de nada y de nadie. Prácticamente pensábamos igual. Él debía alimentar a su hermano, ya que eran huérfanos por parte de su madre, y su padre los abandonó a los 5 años de edad de Pablo. Habían tenido una infancia algo sufrida y él siempre quiso lo mejor para su hermano, y daría la vida por él. Igualmente, vivieron varios años con su tía, hasta que esta falleció y fue ahí cuando empezó a buscar trabajo.
Pasábamos unas hermosas tardes en aquel trencito, construido por madera balsa y con unos estampados infantiles sobre este. Sus asientos por dentro eran de madera y pintados con blanco. Constantemente se podía escuchar música en este, ya sea infantil o cualquier tema movido. Ya se habían cumplido 7 meses desde que trabajaba allí y lo seguiría haciendo, porque aunque no era el mejor trabajo que alguien podía pedir, la pasaba y bien, y me hacia feliz. Faltaba apenas un mes para terminar el secundario y cerrar aquella etapa de mi vida, y ya llevaba ahorrados $1253 para mis estudios universitarios. Mis padres estaban muy orgullosos de mí.
Había pasado uno de mis mejores años de la vida y debo reconocer que se lo debía a Pablo, sí, lo admito, me había enamorado como nunca antes. Sentía amor por él. No sé si el sentimiento era mutuo, pero mientras tanto, me dedicaba a conocerlo mejor, aunque desde el primer día, sentí conocerlo de toda una vida.
Fue una tarde, como cualquier otra tarde, donde había finalizado nuestro horario laboral. Poli, así le decíamos todos, me invitó a un bar a comer una pizza, ya que su hermano se había ido a la casa de un amigo. Acepté con gusto su propuesta, y fuimos a un bar en la Av. Cabildo. Era un bolichón antiguo, con unas mesas de madera, espantosas para la época y sus paredes eran algo tétricas. Pedro, tan caballeroso como siempre, se ofreció a pagar todo. Al principio me daba lastima hacerlo pagar, pero finalmente, asentí, ya que me hizo su famosa sonrisita compradora, con la que logra conseguir la mayoría de las cosas, y yo, como una tonta enamorada, caigo en sus redes.
Pasamos una hermosa noche y cuando estábamos a punto de despedirnos se acercó a mí, y me confeso con las siguientes palabras su amor hacia mí: desde el primer día que te vi Rocío, sentía que te amaba y que éramos el uno para el otro. Fue entonces cuando empecé a sentirme vacío si no estabas conmigo o si te alejabas por tan solo 5 segundos de mí. Sé que tarde en confesártelo, pero entendeme, soy así, lento, pero finalmente digo las cosas de frente. Y por ahí vos no sentís lo mismo por mí, y entiendo si ya no queres hablarme o sentirme cerca, pero esto que siento, no podía callarlo más, te amo.
Petrificada, así es, así quedé al escuchar esas palabras de la boca de mi futuro novio, o al menos eso esperaba. Pero solo un beso vasto para hacerle saber que yo sentía exactamente lo mismo hacia él. Mi felicidad en ese momento era completa, no podía pedir nada más para ser feliz y nada ni nadie podía arruinarlo. Ese día quedará siempre en mi memoria, como el día que nació nuestro amor, aquel amor que Poli juro que sería eterno. Por ahora, esa es mi historia, el resto lo escribirá el destino, mientras tanto me dedico a vivir el presente y lo vivo a mí manera.
By Maque
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